Desarraigos | Ana Serratosa
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Art gallery, Valencia (Spain)


Desarraigos

Desarraigos
Françoise Vanneraud
Junio 2014

Pedro Medina

"Desarraigos"

Arrancar de raíz, apartar, echar a alguien de su ámbito vital y afectivo; suprimir una pasión, una costumbre, un modo de vida… son algunos de los significados que podemos atribuir a la palabra “desarraigar”. Este es un término básico para entender la obra de Françoise Vanneraud, que orbita en torno a este concepto y a otros familiares al mismo como “exilio”, “errancia”, “memoria”, “historia”.

Es esta una preocupación constante frente a la que propone respuestas cambiantes, siempre desde una reflexión y experimentación formal variable, como el tiempo fugaz que nos lleva. Convierte así cada obra en una deriva de identidades o, más bien, en la expresión de identidades a la deriva, cuyo naufragio afecta a un sujeto que ahora entiende que su universo ya no es refugio.

¿Cuál es entonces la experiencia de nuestro tiempo? En alemán encontramos un término para “experiencia” distinto de Er-lebnis, que sería el más habitual y que también podríamos traducir por “vivencia” o “acontecimiento”; se trata de Er-fahrung, cuya raíz (fahren: viajar) nos habla de la impronta del tránsito, de la aceptación de la imprevisibilidad, la dispersión de los caminos, la asimetría de todos los recorridos y el mestizaje de costumbres y lenguajes.

Desde este tipo de conocimiento parte Françoise Vanneraud, reinterpretando incesantemente la metáfora del viaje como mecanismo idóneo con el que percibir la experiencia contemporánea, marcada por su labilidad y por su creciente complejidad, lo que dificulta su aprehensibilidad. Por ello, se vuelve útil acudir a un término negativo para lograr definirla: este reverso podría ser la frontera, ese límite que puede convertirse en la atalaya desde la que mirar nuestro futuro.

Se trata de Habitar la frontera, como rezaba el título de su exposición en el Patio Herreriano, pero asumiendo la intemperie, ese estar expuestos a las inclemencias del tiempo, unida íntimamente a la idea de viaje. Su trabajo nos lleva a considerar pues la realidad como algo fugaz y en tránsito, construyendo lo que podríamos denominar “estéticas migratorias”, precisamente porque el habitante contemporáneo es viajero por antonomasia, un sujeto desarraigado, sin destino, condenado a vagabundear sin cesar en busca de unas certezas que este mundo no le puede dar.

Esto nos lleva a preguntarnos ¿cuál puede ser el viaje en esta época movediza que ya no es lugar de seguridades? Quizás el que se afronta sin desasosiego, sabiendo que también es un esperanzador campo de nuevas posibilidades.

En efecto, la obra de Françoise Vanneraud tiene la virtud de hacer visible este universo sin acudir a las habituales estrategias documentales, basadas en el supuesto archivo neutro de la realidad que pretende activar la simpatía o el pavor de quien observa la pieza. La artista francesa, en cambio, trabaja un discurso mucho más sutil, que también nos posiciona con nitidez ante el exilio, pero a través de un lenguaje que cuida por igual políticas y poéticas, no permitiendo que una dimensión se imponga sobre la otra.

Un discurso firme no queda pues enclaustrado en un medio expresivo único. Se sirve de dibujos compulsivos o de cajas de luz, papel vegetal o madera, estadísticas o instalaciones indiferentemente, porque lo fundamental no es el propio posicionamiento de la artista dentro de una disciplina o corriente, sino la respuesta a una inquietud que no cesa y cuyo fin común es situarnos frente al drama, pero desde una cercanía más honda que la aportada por el documento pretendidamente objetivo, ya que persigue una emoción profunda y no tanto la simple impresión directa.

Así, desde series como Miradas desplazadas a Sommets d’Europe, construye la orografía de la fatalidad, donde las montañas son el obstáculo que representa el movimiento de las masas expatriadas, pero desde las que debemos mirar cara a cara a los protagonistas del tránsito no voluntario, desde refugiados de guerra en Siria a fallecidos en la zona de cuarentena de las aduanas de Estados Unidos o Canadá. Capa sobre capa, generación tras generación, se agolpan masas de personas mostradas con tremenda fragilidad, un relato en blanco y negro que favorece la visión de un tiempo pasado y, por tanto, el establecimiento de cierta distancia, ¿pero estamos a salvo?

“Mirar desde la tierra un naufragio lejano y alegrarse del espectáculo de la ruina ajena”. Estas son las palabras presentes en el De rerum natura de Lucrecio que inspiraron el Naufragio con espectador de Hans Blumenberg, una imagen que sirve para estudiar la posición cambiante del ser humano ante la vida y la historia, entre riesgo y seguridad, contemplación y acción, para hacernos ver cómo esta imagen deviene metáfora de la existencia. ¿Quién nos dice que no seremos nosotros aquellos que seremos vistos desde una conveniente distancia de seguridad?

De esta forma, cada proyecto se convierte en una nueva oportunidad para tratar de plantear algunas preguntas o hipótesis sobre el tiempo intersticial que conforma el viaje, el mismo que está marcado por la experiencia del viajero, sus recuerdos, su relación con el olvido, la duda o su noción de la realidad.

Delicados mapas con historias trazadas a carboncillo sobre unas raíces que ya no reconocemos, como el presente en su obra An Epic of Humanity, conforman un universo de relaciones donde permanece una convicción, un Map of the Possible, donde aparecen de nuevo los estratos de una existencia, pero esta vez aún por dibujar.

Estas obras son, por tanto, un camino de rastros, acumulados en ascensión hacia una cumbre por definir, una vía de huida tras la fragmentación del mundo, como si el ángel de Paul Klee, reinterpretado por Walter Benjamin, aún fuera arrastrado por un futuro que se funda sobre tantas ruinas.

Queda pues en la obra de Françoise Vanneraud la inhabitabilidad de partida, la incompatibilidad del errante con su mundo o circunstancia, la inestabilidad de nuestra condición, pero también la apasionante invitación al viajero a volver y contar su historia, a abandonar su esencial extrañeza.

Pedro Medina