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Art gallery, Valencia (Spain)


El pulso geométrico de la naturaleza

Javier Riera explora mediante una cámara fotográfica y focos de luz la armonía de los paisajes, con un resultado que puede verse en el MUSAC de León

Podría parecer que la intersección entre naturaleza y geometría no tiene una lectura inmediata, pero todos los fenómenos que suceden en la naturaleza pueden ser descritos mediante la física o las matemáticas. No existe algo equivalente a la geometría, no existe ningún lenguaje visual que pueda describir tan en profundidad las cosas y al ser humano. Absolutamente todo lo que ocurre a nuestro alrededor tiene traducción geométrica: es el lenguaje con el que está construido el universo. Resulta hasta improcedente catalogar la obra de Javier Riera (Avilés, 1964) o situarlo dentro de una disciplina artística concreta. En un resumen rápido para no crear más incertidumbre: es un artista que va al monte con unos focos, proyecta con luz unas formas geométricas sobre el paisaje, fotografía el resultado y se va. Su producción física, las fotografías del sorprendente resultado de sus creaciones en la naturaleza y algunas proyecciones en el espacio expositivo, se pueden contemplar en el MUSAC de León hasta finales de año. Tras veinte años pintando, el estudio le fue generando un cansancio creciente, pero sobre todo una sensación de encierro que le hizo alejarse de la pintura: más bien habría que decir de la pintura sobre superficie lisa. Algo le impulsó a huir del hermetismo del estudio, a abandonar los lienzos y salir a buscar la manera de estar más integrado en la naturaleza, a respirarla, a trabajar con ella. De la huella del paisaje en el lienzo al paisaje sobre el que dejar huella. Los pioneros del ‘land art’  buscaban una relación física con la naturaleza auténtica, más allá de imitarla o copiarla. Muchos la utilizaron como soporte y otros muchos crearon obras efímeras que sólo a través de la fotografía se han podido conocer. Todo empezó en 2008 con la sugerente propuesta de uno de los museos más importantes del país, el Reina Sofía, cuando pidieron a Riera una obra que no fuera del estilo de lo que entonces estaba haciendo. Encontró que podía relacionar una de sus viejas pasiones, la geometría, con la luz y la naturaleza. En ese momento emprendió un camino cuyas posibilidades infinitas le atraparon.

Uso del ordenador Como punto de arranque se basó en formas ancestrales, geometría incas, dibujos laberínticos de la vieja Europa, que más tarde ha ido alternando con diseños creados por él mismo en el ordenador. Su obra, desde entonces, ha encontrado un camino cuya área de definición se situaría entre la pintura, la escenografía, a escultura y la fotografía. Compone las imágenes manejando un lenguaje de pintor. No puede evitar que su mirada sea la del pintor, da lo mismo que ahora no emplee pinceles u óleos sino luz, pero primero elige las localizaciones como si fuera un cineasta, superponiendo en su imaginación todos los elementos y probando mentalmente el resultado de diferentes variantes. Busca el paisaje para encajar en él una geometría concreta o, al revés, una geometría para encajar un paisaje que le ha atraído. En cualquier caso, el espacio es otro desde que llega Riera. Cuando tiene el lugar, mima la escena con ojos de escenógrafo, buscando luces y sombras, contrastes entre el positivo y el negativo. Hace pruebas in situ con la proyección de diferentes formas geométricas hasta decidir la composición final. Huyendo de esa tendencia artística, tan de los últimos tiempos, alérgica a la belleza, diseña imágenes hermo- sas y plásticas, en el sentido más reconocible y clásico, pero desde la sencillez: un fondo y una figura puestos en relación. Unas veces el resultado tiene apariencia bidimensional; otras, una intención más clara de modelar el paisaje resultando más escultórico, más cercano al 3D, visualmente son esculturas hechas con luz. Como un cazador sigiloso, atento a cualquier pequeño cambio en el entorno, espera a que la luz natural sea la apropiada (la hora mágica) para romper el silencio disparando la foto. De la misma manera en que la obra se ha producido, desaparece, como un suspiro. La luz contra los árboles, la montaña o las rocas, se desvanece y como si nunca allí hubiera pasado nada, el silencio se funde ahora con la oscuridad. Cuando Riera apaga las luces, todo vuelve a ser lo mismo, ninguna señal de la acción se mantiene y probablemente nunca más se vuelva a repetir el maridaje entre aquel paisaje y sus luces.

Para el artista quedan las sensaciones físicas del ‘directo’, ese momento íntimo de la creación efímera, la satisfacción de una intervención limpia que no deja ninguna huella, cerrando un círculo ecológico puro, de atracción y respeto por el medio. Nada más respetuoso con la naturaleza que pintarla con luz, trabajar en ella sin tocarla, sin herirla. Podría no haber ocurrido nada allí, bajo las estrellas, entre los árboles, el viento y la hierba. Tras disfrutar de su creación, recoge sus trastos con esa actitud zen consistente en barrer el suelo por donde has pisado para no dejar ningún tipo de rastro de ti. Como el paso fugaz por el cielo de las aves migrando en busca de las temperaturas clementes, abandona ese lugar probablemente para siempre. La realización artística deja su única huella en forma de píxeles fotográficos. La instantánea le sirve para registrar notarialmente sus composiciones, para nada más. El ‘land art’ ha dado lugar a un género fotográfico que es el del suceso registrado, la captura del momento en que se produce un acto que sólo se contemplará a través de esa forma. Esas fotografías convertidas en obras con entidad propia, son lo que se puede ver en las exposiciones de Riera. Sería extraño encontrar otro artista dedicado exactamente a esta forma de expresión artística. A partir de 2008, sabiéndose único, avanza y se adentra en las posibilidades de esta experiencia que más que una etapa temporal en su carrera, considera como una investigación a largo plazo, un lenguaje que ha hecho suyo y en el que hay mucho por explorar. Después de haber producido objetos durante muchos años, siente el placer de pensar que su obra no ocupa un espacio, de que va acumulando un portafolio invisible.

Iñaki Arteta