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Art gallery, Valencia (Spain)


Empatías de Javier Riera

Javier Riera ha dado un paso más en su interacción con el paisaje natural. Sus avances se exhiben ahora en Valencia y dan pie a un riguroso análisis sobre su sentido.

 En Valencia, en el exquisito espacio para el arte de Ana Serratosa, admiro las fascinantes fotos y videos de Javier Riera. Sus obras prolongan la trayectoria de otros muchos “tesoros” anteriores acumulados en el acreditado Espacio Serratosa. Entre otros, los de Beuys y Brossa, los del experimentado Castrortega, las delicias del exquisito cromatismo de Grau o las muestras de la irrestañable genialidad de Bernardí Roig.

 Javier Riera (1964) se consagró en los noventa dentro de la primera línea española de “abstracción lírica”. La primacía original de su pintura en aquel período procedía de una ascesis de suprema delicadeza formal al servicio de evocaciones del sublime romántico. Sin abandonar aquellos presupuestos, sino profundizándolos, Riera sorprendió en 2008n, en el Espacio Uno del Reina Sofía, con una exposición fotográfica de intervenciones con una geometría luminosa que se proyecta sobre paisajes naturales. Aquella transferencia a los “nuevos medios” de la sensibilidad paisajística de Riera, que reverdecía y acrecentaba en resolución espiritual las poéticas materiales del land art, ha evolucionado –con muestras tan decisivas como al del museo Bartola de 2010- hasta el magistral dominio de lo artístico que ostentan actualmente sus imágenes.

Lo que estaba latente

“El título de esta última investigación –aclara Riera- me gustaría que fuese Está sucediendo, con lo que se pretende representar la experiencia que tengo cuando trabajo. Es la impresión de que algo estaba latente allí, que se canaliza y aflora en mis intervenciones. Está sucediendo hace referencia también a la necesidad de permanecer despierto en el momento actual, en el que es imprescindible un acto de conciencia individual para atisbar lo que ocurre. Mi trabajo se acerca a la descripción de una fenomenología natural profunda, cuya captación nos afecta de forma directa. En mis secuencias queda plasmada una transformación natural, cambios producidos en la llamada “hora mágica”, cuando el sol acaba de ponerse y la luz en declive permite la emergencia de otra dimensión de las cosas. Es entonces cuando la luz natural y la que yo proyecto con sus tamices de figuras geométricas empiezan a convivir”.

 Las categorías apriorísticas de Kant se han visto atenuadas en su distancia discriminante por determinadas modernidades contemporáneas como la de Riera. El artista matiza: “El tiempo se convierte en factor constitutivo esencial del trabajo. Mediante el artificio, trato de acercarme a algo que se llamaría la correspondencia efectiva del tiempo, frente al concepto tradicional q1ue establecía la aspiración intemporal del arte. Por otra parte, la relación entre geometría y arte ha sido tratada extensamente en arquitectura y escultura. Investigo sobre una cualidad física sutil en esa relación, que concibe la geometría como el lenguaje previo a la materia, que resuena en el paisaje como construcción artificial y, a la vez, como origen, como revelación de otras dimensiones de lo real ocultas en el espacio”.

 Escuchándolo, se me descubre la raíz histórica más interesante y progresiva en el nuevo mecanismo plástico de Riera: el abordaje problemático del vector trascendental espacio-tiempo según la procesualidad lumínica que se descubre en todos estos ensayos fotográficos. Mas allá de las innovaciones instrumentales aportadas desde los “nuevos medios”, las intervenciones de Riera alteran drásticamente el principio tradicional de la objetividad intacta de los modelos en la pintura mimética del espacio, y no ya bajo la interpretación reductiva o deductiva de los mismos a cargo de la abstracción, sino en el modo de entretejer objetivamente la doble incidencia referencia del espacio y el tiempo. Tiempo-en-el-espacio, tal es el sorprendente logro que cumple el revolucionario “procedimiento” de Riera.

El medio y el mensaje

Es una característica llamativa esta del tiempo-espacio imbricados de Riera, que incide y resiente el tipo de modificaciones sustanciales, históricas, que la contemporaneidad está determinando en las reglas paradigmáticas de la plástica tradicional. Con eso, se constituye en una suerte de predicción prospectiva de la futuralidad inmediata del arte. En tales términos, sería una sinécdoque  a minore considerar el arte evolucionado de creadores cuales Daniel Canogar o del último Riera como la gracia casual de unos cambios y selecciones profundas a cargo de las virtualidades provistas por el instrumental significante (vídeo, foto, leds…) o en virtud de la nueva pragmática espectacular de happenings o instalaciones.

 Lo que de fundamental estético propician los nuevos medios y la innovación de las categorías del pensamiento artístico en la generación de nuestros jóvenes-maduros contemporáneos (Canogar, Riera, Roig), entre otras, la deshinibición respecto a la “ansiedad de la influencia” y a los prejuicios anexos sobre la originalidad, son las posibilidades de hallazgo y plasmación de emociones inalcanzables para la ejecutoria tradicional artística. Pongo por caso la revolución de la futuridad presente a los alcances generacionales de Riera, que se plasma en la configuración plástica del neutro –nominalmente blanchotiano o más abruptamente presentado en Bataille- como paradójica presencia de la ausencia, como verifican las esculturas blancas de Bernardí Roig.

 Peculiaridad muy elogiable en Espacio Serratosa es la presentación de las exposiciones a cargo de distinguidos críticos en diálogo con la nutrida concurrencia de los coleccionistas invitados por Ana. En la ocasión de Riera, el encargado ha sido Óscar Alonso Molina, quien concluía su brillante presentación recordando oportunamente un texto de Baudelaire sobre el paisaje, incluido en su crítica al Salón de 1859.

Doctrina machacona

La mención  fue en su día la enésima formulación de una machacona y machacada doctrina puesta en la circulación europea por la escuela alemana de la Einfühlung.La disyuntiva abierta por Baudelaire entre si el paisaje pintado es “bello por sí mismo” o si lo es “por mí, por mi gracia propia, por la idea o el sentimiento que le dedico”, despachaba con soltura las cientos de plúmbeas galeradas que dedicaba a la cuestión Thomas Vischer, embalsamadas en los inacabables tomos de su Estética postkantiana. Aquellas prolijas astracanadas de la Einfühlung se reducían a determinar si en los bellos paisajes de Riera la excitación estética arranca de la naturaleza objetiva representada, o si, por el contrario, es un precipitado del filtro sensible del artista. Tendría que llegar Dilthey para zanjar que la cosa está in utroque ¡Vaya pavada!.

 En estas, reflexiona Riera: “mi experiencia es algo parecido a llegar asombrado a un lugar donde no has estado antes y comprender que hay en él algo muy necesario para ti, que tiene que ver con lo que eras, con lo que eres. Lo más ajeno es en ese momento lo más íntimo, y lo más personal se vive como ajeno. A partir de ahí, surge el desprendimiento. El arte en el que creo discurre así, y, sea cual fuere su aspecto externo, trabaja para la salud y la liberación del ser humano”.

Antonio García Berrio