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Art gallery, Valencia (Spain)


Xavier Grau


Han pasado cinco años desde la última exposición de Xavier Grau en Madrid, en la galería de Salvador Díaz, que casi coincidió con la amplia retrospectiva del artista en el Centro Santa Mónica de Barcelona. A primera vista, la pintura de Grau no ha cambiado nada desde entonces. Ni siquiera parece haber cambiado mucho desde los años ochenta, cuando quedó establecido el lugar de Grau en la marea ascendente de la pintura, en aquella pasión por pintar que ahora parece tan lejana, como un maestro constante y discreto junto a la figura más brillante, más celebrada, de José Manuel Broto. Pero si se mira bien, la pintura de Grau nunca ha dejado de evolucionar, aunque fuera muy lentamente. Las alusiones figurativas (objetos, partes anatómicas, piezas mecánicas…) que hace una década todavía poblaban sus cuadros se han ido desvaneciendo poco a poco hasta desaparecer por completo. Con ellas se han borrado también los últimos rastros de aquel humor ácido, corrosivo, un poco al estilo del último Philip Guston, que impregnó la obra de Grau en otro tiempo. Definitivamente, la pintura de Grau se ha vuelto más silenciosa, más introvertida.

En los cuadros de ahora me parece que hay una menor variedad cromática que en exposiciones anteriores (a veces se juega sólo con un color dominante) y sobre todo un nuevo acento en el negro. La mejor pintura del conjunto quizá sea la titulada 02-4: una sobria composición en negro y grises que es un puro estudio del trazo. En piezas como ésta se aprecia que el punto fuerte de Grau sigue siendo, como hace una década, cierta idea del dibujo. Un dibujo abierto, descentrado, disperso. Hecho de líneas sueltas y ondulantes, de madejas deshechas y cabelleras agitadas, maraña de fibras sueltas o trenzadas, entrelazadas o enroscadas sobre sí mismas. La pintura es un palimpsesto de escrituras superpuestas. El ojo se interna en ese laberinto, se esfuerza por descifrarlo, se pierde siguiendo caminos que se interrumpen o nos devuelven al punto de partida. Todo tiende a crear la sugerencia espacial de planos distintos, separados; pero enseguida esos planos se conectan entre sí por medio de pasajes, de arabescos lineales, de vueltas y revueltas del dibujo, hasta integrarlos en una rigurosa composición plana. Cuanto más tiempo nos quedamos mirando estos cuadros (y son cuadros que no se dejan mirar deprisa), más se disipa la primera impresión de algo caótico y mejor apreciamos la impecable coherencia con que está organizada la superficie pictórica.