Beatriz Ruibal
Still It Breathes / Todavía respira
La primera exposición de la artista Beatriz Ruibal con la galería y, asimismo, su primera muestra individual en Valencia. La exposición reúne obras pertenecientes a sus dos series más recientes que exploran distintas formas de resistencia, transformación y permanencia en el mundo natural.
Las series Amenazadas y Always Alive se exhibirán en la sede principal de la Galería, situada en la calle Pascual y Genís 19, mientras que La piel del olivo ocupará la Ventana del espacio Domicilio Particular situado en la calle Cabillers 5, estableciendo un diálogo entre ambas sedes.
Amenazadas (2023–2026) parte de una investigación de Beatriz Ruibal en torno a la conservación de la vida vegetal, y cuenta con el apoyo del Banco de Germoplasma de Córdoba y de Casa Árabe. La serie se asoma a los bancos de semillas: cámaras donde la vida vegetal espera, latente, a un futuro que tal vez la reclame. Algunas de las especies conservadas guardan un origen que se remonta al periodo andalusí, de modo que cada semilla es a un tiempo materia biológica y sedimento de una memoria cultural compartida. La serie lleva estas formas diminutas al gran formato —a partir de micrografías y procesos de transformación de la imagen— no para representarlas, sino para devolverles presencia: dar escala y poner en valor aquello que, por minúsculo o por amenazado, corremos el riesgo de dejar de ver. Lo que se revela es la textura de una vulnerabilidad que nos concierne, un entramado en el que la desaparición de una planta arrastra consigo los relatos y los paisajes que la habitaban.
Always Alive (2022-2026) propone una arqueología del presente en la que las plantas comparecen con toda su presencia desde un ecosistema en transformación. Entre el archivo y la imagen, y a través de la fotografía y la manipulación digital, la serie interroga la memoria botánica y la fragilidad de nuestra relación con lo vivo. No todas las especies están al borde de la extinción: algunas se incluyen por su vulnerabilidad, otras por encontrarse sujetas a profundos cambios ecológicos, y todas por la densidad simbólica que arrastran. El tejo (Taxus baccata), reliquia longeva casi hasta lo inmortal, custodia el umbral entre la vida y la muerte; el fresno (Fraxinus excelsior), árbol-eje de las cosmologías del norte, se ve hoy diezmado por la enfermedad (ash dieback) que vacía los bosques europeos; el pino piñonero (Pinus pinea) sostiene, con su copa de paraguas, el imaginario y el sustento del Mediterráneo, bajo creciente presión climática; y la orquídea (Orchidaceae), maestra del mimetismo y la seducción y protegida en todo el mundo por la CITES (Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres), encarna la frágil interdependencia entre una flor y quien la poliniza. El blanco y negro acentúa su fragilidad; el color, su intención contemplativa.
La piel del olivo (2024–2026) traslada al escaparate de la calle Cabillers 5, el lenguaje espacial que la artista desarrolló en su intervención para la 32.ª Bienal de Pontevedra. En esta nueva configuración, cinco fragmentos ampliados de una hoja de olivo, impresos sobre tejido backlight, suspendidos en el espacio, transforman el escaparate en una gran piel vegetal: la imagen se enciende desde dentro y emerge como presencia en el espacio urbano. El olivo —presente en todo el Mediterráneo y ligado a la vida, la resistencia y la regeneración— opera aquí como gesto de “hospitalidad vegetal”. La pieza activa relaciones entre naturaleza, arquitectura y mirada, e invita a habitar lo común de un modo más lento y atento.